viernes, 24 de abril de 2015

MITOLOGÍA PARA NIÑOS: Hércules y los pájaros del Lago Estínfalo



Hércules estaba realmente indignado. El bueno Euristeo le acaba comunicar que el último de los trabajos, ése en el que había tenido que limpiar en un solo día los excrementos acumulados en los establos del rey Augías durante más de treinta años, no iba a ser contabilizado (aquí). Para Euristeo, el hecho de haber podido obtener una recompensa por parte del rey Augías, lo había convertido en invalido.


Hércules sabía que debía acatar las decisiones de Euristeo, por injustas que le parecieran. Él en este momento no era más que un simple esclavo que buscaba penitencia por una terrible acción que la locura le había llevado a cometer (aquí), pero eso no impedía que se sintiese profundamente enfadado e indignado por los dos trabajos que habían sido rechazados. 

En lugar de diez trabajos Hércules iba a tener que realizar doce.

Y os podéis figurar que los seis que le quedaban por realizar no iban a ser nada sencillos. De ello da buena muestra el trabajo que hoy vamos a narrar, ése en el que nuestro héroe tuvo que vérselas con las aves rapaces del Lago Estínfalo.

–¿Conoces el lago Estínfalo? – le gritó Euristeo desde lo alto de la muralla de su ciudad.

Con solo oír el nombre todo el cuerpo de Hércules se estremeció y con gesto de terror respondió:

–Sí... ¡he oído hablar de ese lugar maldito!


El lago Estínfalo estaba situado en el centro de la Arcadia y hacía ya mucho tiempo que sus aguas no conocían luz alguna pues el cielo estaba cubierto por miles de crueles aves que vivían en la espesa selva que poblaba las orillas del lago. Éstas habían llegado al lago huyendo de una invasión de lobos y se habían multiplicado en proporciones exageradas convirtiéndose en una auténtica plaga para todos los países vecinos.

Desde que Hércules escuchó el nombre del lago supo cuál sería su próximo trabajo y por supuesto Euristeo se lo confirmó.

Debes ir al lago Estínfalo y librarlo de todas las aves que allí habitan.

¡No debe quedar ni una sola!

Euristeo sabía muy bien la dificultad de lo que acababa de pedir pues las aves que habitaban el lago Estínfalo eran hijas de Marte, el terrible dios de la guerra. Su aspecto era tremendo. De tamaño monstruosos poseían pico, garras y alas de bronce y con ello atacaban y deboraban a cuanto viajero se aproximaba a su tierra además de arrasar con todos los frutos de los campos y destruir las cosechas.

En la mitología griega Ares se consideraba el dios olímpico de la guerra, 
aunque más bien era la representación de la violencia la brutalidad. 
Los romanos lo identificaron como Marte, pero éste gozaba de mucha 
mayor estima

La idea de tener que enfrentarse a ellas no agradaba en absoluto a Hércules, pero como siempre, sin decir una sola palabras puso rumbo a la Arcadia.

Tras días caminando nuestro héroe comenzó a percibir un hedor terrible. Se estaba aproximando al lago Estínfalo. Todo quedó en silencio. Los animales ya no corrían libremente sino que desviaban su ruta, como si sintiesen que una amenaza se cernía sobre ellos. Hércules comenzó a ver gran cantidad de cráneos, huesos... y en todos ellos todavían se veían las heridas causadas por esas plumas con punta de bronce que solamente las aves del Estínfalo poseían.

 Pero de ellas no había ni rastro.



De repente, una silueta negra se abalanzó sobre nuestro héroe y él, dispuesto como estaba, disparó una flecha que atravesó al enorme pájaro y lo batió. La cosa parecía que se daba bien.

Pero ésta fue solo la primera impresión. Tras más de dos horas de espera Hércules solamente había logrado divisar a dos pájaros. El enemigo a batir en esta ocasión era tan numeroso como invisible y precisamente en esta invisibilidad radicaba la gran dificultad de la prueba:

¿Cómo iba a poder con las aves del Estínfalo si tan siquiera lograba verlas?

Necesitaba encontrar la manera con la que obligase a las aves a salir del túpido bosque en el que habían decidido guarecerse. Con el arco tenso, Hércules comenzó a bordear el lago, pensando que tal vez así lograría divisar su escondite. Pero los pájaros se mantenían lejos de su alcance; se habían refugiado en los matorrales y en el sotobosque de espinos absolutamente impenetrable para nuestro héroe. Hércules, cansado de la situación, comenzó a gritar:

–¡Salid de ahí! ¿Tanto miedo tenéis de mis flechas?



Pero nada cambiaba. Hércules dio dos vueltas completas más al lago y no logró ver a ni un solo pájaro. Sus ánimos empezaron a decaer y por primera vez sintió que tal vez debía admitir su fracaso. Desesperado decidió implorar a Minerva, la diosa de los guerreros:

–¡Oh, Minerva! –

¡Tú que eres enemiga declarada de Marte, padre de estas aves, te ruego, te imploro que una vez más me socorras!



En ese mismo momento Hércules escuchó un ruido agudísimo, un chasquido metálico que le hizo volverse. El sonido provenía del suelo donde una matraca de bronce relucía. Sin dar crédito a lo que veía la tomó en sus manos y al sacudirla volvió a escuchar el mismo sonido agudo que acababa de sorprenderle.


De repente todas las aves, asustadas por el ruido de la matraca, abandonaron los árboles en los que se habían refugiado y comenzaron a invadir el cielo.

Por fin Hércules, el gran arquero, pudo derribarlas sin problemas.



Cuando comprobó que el cielo estaba limpio de aves Hércules continuó tocando la matraca; pero esta vez para dar las gracias a Minerva por haberle ayudado a superar su trabajo.

En el camino de regreso a Tirinto Hércules se cruzó con un pastor que se dirigía, junto a su rebaño, al lago Estínfalo. El pastor emocionado le dijo:

–¡Sabemos quién eres, Hércules, y que has limpiado el lago de los pájaros que lo infectaban! 
¡Gracias a ti, los pueblos volverán a poblarse, las cosechas florecerán y la alegría renacerá en nuestros corazones!
Por primera vez Hércules pensó que sus trabajos no eran inútiles y que tal vez Euristeo no pensaba únicamente en fastidiarle sino que con sus trabajos...

  Ayudaba a liberar al mundo de sus plagas.




Fuente:
Los doce trabajos de Hércules. Madrid: Anaya, 2007.


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