sábado, 8 de marzo de 2014

Eucalipto, de María Peña Lombao

Vendría la guerra. Sofía no paraba de pensar en que la guerra venía de camino y había que evitarla como fuese. Azulino, la gran  llama de plumas azules, le advirtió a Sofía que se acercaba una guerra de árboles. Una especie nueva de Australia quería colonizar el bosque de Eume y los árboles que vivían allí hace miles de años, estaban preparados para defender su territorio.

 
Sofía y Dama salieron de casa del abuelo preparadas para la gran aventura. Después de seguir pistas y más pistas por las montañas y el río, por fin descubrieron cual era su misión en el bosque. Se pusieron a andar en dirección a la Roca de Julio pensando en reunirse allí con Azulino y y Flequillo. Detrás de ellas, caminaban montones de ardillas, erizos, conejos, cabras y todos los animales que vivían en el bosque. Sofía que iba muy concentrada y no se dio cuenta de que todas las criaturas del bosque se habían levantado para seguirla. Dama -que sí se dio cuenta-, jugaba con las crías de tigre que le tiraban del rabo. Las pequeñas cabras le tiraban del rabo a las crías de tigre y así todos en manada, con los bebés del Eume al frente, seguían a Sofía y Dama con la intención de ayudar en la defensa de los árboles del bosque.
Cuando llegaron a La Roca de Julio, Sofía vio que la estación de metro estaba abierta. Por un lateral de la piedra empezaron a subir los topos reflectantes uno detrás de otro y Sofía le preguntó a uno de ellos:
-        ¿Hoy no trabajáis topos?
-        Hoy el metro está cortado. Hoy no se trabaja en el bosque. Todos los animales estamos esperando una solución para ayudar a nuestros amigos los árboles en esta batalla
-        Pero… ¿todos, todos, todos los animales del bosque estáis esperando?


El topo le indicó con el hocico que mirase para atrás y Sofía no pudo más que sorprenderse al ver la cantidad de animales que tenía de su parte. Había algunos viejos conocidos pero también cientos de habitantes del Eume que la pequeña aventurera desconocía. Al darse la vuelta Sofía, Dama y todos abuelos y crías de todas las especies posibles, se sentaron a oir a Sofía. Hasta los murciélagos estaban allí, apoyados sobre las cabras más viejas. Las crías de lobo, con lo traviesas que son, se sentaron atentas y obedientes para escuchar a Sofía. Dama soltó un ladrido mirando al río porque una masa de espuma blanca estab subiendo por el Eume. Eran los que faltaban, salmones, truchas y… lubinas.
-        ¡Lubina! ¡Tú también!
-        ¡Cómo iba a faltar! Hombre…  tuvimos que subir a nado porque hoy el bus no funciona, pero estos salmones tan atractivos nos enseñaron el camino de agua salada que atraviesa el río y la verdad que teneis un río bien cómodo de nadar, Sofía. Creo que mis lubinas y yo podremos ayudar desde el agua.
Todos, todos los amigos de Sofía estaban allí. El bosque atlántico quedó en silencio. Eran las once de la mañana más o menos cuando apareció Flequillo. Sofía se subió a lomos del Tigre con gafas y se abrieron paso entre la multitud de animales dispuestos a pelear por sus amigos abedules, fresnos y castaños. Topos, conejos, gatos salvajes, caballos, lobos, cabras, murciélagos… todos miraban a Sofía con los ojos muy abiertos y la veían dirigirse al árbol de azulino.
Una vez allí, Sofía miró hacia la última rama de aquel árbol azul y le dijo al cielo:
-        Azulino, estoy aquí para ayudaros. Ven y dime qué guerra es esa que tiene atemorizadas a todas las criaturas del bosque.

Una bola de plumas azules descendió por el árbol dejando tras de sí una polvareda azul.
-        Se llaman Eucaliptos. Es una especie de árboles que viene de Australia. Quieren quedarse a vivir en el Eume. Es una especie invasora que seca la tierra. Si se asientan en esta zona secarán todos los árboles porque son ladrones de luz y agua. Son tan altos que el valle y el monte quedarán en sombra para siempre. Los árboles de aquí no verán la luz, no beberán agua, no podrán crecer ni brillarán sus hojas.
-        ¿Cómo son esos árboles? ¿Cómo los reconoceré?
-        Son tallos finos y altos, con hojas alargadas. Crecen muy rápido. Flequillo –le preguntó azulino- ¿Cuál es el árbol más viejo del Eume?
-        Este donde vives, Azulino
-        Exactamente, Flequillo…
Y mirando a Sofía siguió explicándole a ella y a todo el bosque los peligros que acechaban:


-        Este árbol tiene trescientos años y mide unos diez metros de alto. Un eucalipto adulto llega a medir hasta quince metros de alto en menos de diez años. Cuando son pequeños el color de sus hojas es gris y crecen hasta en medio de las rocas. Si llegan al cañón del Eume, allí donde están los árboles viejos viven entre las rocas, el agua y los helechos, habremos perdido los árboles más sabios del atlántico. Los árboles del cañón son habladores y fueron los primeros árboles que nacieron cuando el viejo Eume nos regaló el río. Este es un bosque atlántico, el océano atlántico es nuestro vecino. Los eucaliptos vienen de otro océano, el Pacífico. Allí tienen otras normas, otros hábitos, otras costumbres.
-        Hmmm… eucaliptos. Ese es su nombre… y… ¿cuántos vendrán? ¿Y cuándo?
-        Están a punto de llegar, la tierra tiembla más cada día. Escucha.
Lo cierto es que se oían pasos de árboles cada vez más cerca.
-        No descansan, no duermen, vienen derechos desde el pueblo –le dijo Azulino a Sofía- Mañana tal vez estén aquí. Vendrán cientos.
-        Necesito trazar un plan

-        El bosque así lo espera, eres la niña de sus ojos.
-        Ahora voy a cenar con mi abuelo.
Sofía dirigió su voz y su mirada hacia la enorme reunión de animales de todas las especies y les dijo:
-        Mañana a mediodía os espero aquí a todos. Ahora descansad en vuestras guaridas y comed ración doble antes de iros a la cama, pues cuando todo empiece, tal vez no tengamos tiempo ni para comer ni para dormir.
Todo el batallón de animales, pájaros incluidos, asintió a la vez. Los animales que ayer correteaban libres por el bosque, se convertirán en guerreros a partir de mañana.
-        Flequillo, ¿mañana me vienes a buscar? No quiero malgastar la batería de mis sandalias amarillas
-        Claro Sofía. Os recojo a las dos a las diez de la mañana.


Sofía cenó con su abuelo y Dama se dedicó a comer mucho, tanto que se quedó dormida antes de que Sofía apagase la luz de la mesilla.
-        Buenas noches abuelo
-        Buenas noches Sofía: a dormir, para poder soñar y mañana contarles a todos, las aventuras que han de pasar.

Ilustraciones: Pablo Picasso
Texto: María Peña Lombao

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