sábado, 8 de febrero de 2014

La Cruz de Ayer, de María Peña Lombao


Desde que Sofía se propuso encontrar el mapa de Eume, soñaba que se encontraba con azulino. Soñaba que se sentaban en la Roca de Julio y Sofía le preguntaba todas las dudas acerca del misterio que guardaba el bosque: le preguntaba si era un tesoro, un fantasma, un paraíso escondido. Pero eran sólo sueños, porque azulino igual ni conocía la Roca de Julio.


  Sofía soñaba mucho y daba vueltas en la cama y se enrollaba en el edredón de lana que su abuelo le tejió para el verano, porque en verano en el monte hace frío por las noches. 

A la mañana siguiente de encontrar la cruz, Sofía no se acordaba si era roja, azul o amarilla, porque andaba medio dormida y a veces al despertar se confundía lo que había soñado con lo que había vivido. Desayunó un poco y salió de casa adormilada mientras Dama se iba lavando la cara por las pozas que se formaban a la orilla del camino que bajaba al río. Sofía iba peinada con su diadema por detrás del flequillo y tenía las sandalias amarillas con la batería llena. Como no se encontraba tan despierta como para conducir por el cielo prefirió ir espabilando por la tierra, con el fresco de los árboles húmedos y la luz del sol empezando a calentarle las mejillas.


Las dos aventureras fueron en línea recta hacia la cruz de ayer. Iban muy preparadas para lo que pudiera ocurrirles buscando el mapa de Eume; Dama con su cantimplora y Sofía con su cuerda y su mechero. Habían aprendido cuales eran las hierbas sabrosas del campo y las masticaban todo el tiempo, mirando siempre hacia delante. Dama iba olisqueando todas las ramas que Sofía apartaba.

- Vamos Dama, no te entretengas con esas cosas que tenemos que llegar a la Cruz de Ayer a buscar el mapa.


Allí estaban las plantas rojas y cuando vieron a Sofía, sus tallos largos se desperezaron y comenzaron a tintinear como campanillas. Donde se cruzaban las dos aspas, había un gran cuadrado con hierba verde muy cortada, parecía el césped de la casa del abuelo. Le preguntaron a las plantas que sonaban como campanillas dónde estaba el mapa.

- Planta roja, ¿sabes dónde está el mapa? ¿Y tu hermana sabe dónde está el mapa? ¿Y tu otra hermana lo sabrá?


Pronto se cansaron de preguntarles a todas aquellas plantas que no hablaban y decidieron sentarse encima de una piedra a pensar dónde estaría el mapa. Podía ser que estuviese enterrado debajo de alguna planta roja, podía ser que estuviese enrollado dentro de una planta roja, o podía ser que estuviese en el pico de alguno de los pájaros que de repente empezaron a volar en círculo alrededor de las aventureras. 

Un ruido venía de lejos, pero Sofía no se enteraba y seguía diciendo en voz alta todos los lugares en los que podría estar escondido el mapa. Dama la escuchaba dando brincos en la misma piedra en la que ella estaba con las piernas estiradas. Seguía y seguía nombrando en voz alta los escondites más rebuscados cuando de repente se calló y a Dama se le pusieron las orejas de punta. La piedra empezó a temblar y las plantas rojas dejaron de hacer tilín tilín tilín y empezaron a hacer tolón tolón tolón. La piedra sobre la que estaban sentadas tembló hasta que de golpe se abrió hacia abajo y las dos aventureras empezaron a gritar

- Ohhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!

  … las dos amigas se colaron por aquel agujero muy bien abrazadas hasta que cayeron en una manta transparente y mullida.


Dama se ajustó la cantimplora, que se le había quedado de sombrero. Sofía se recolocó la diadema y la chaqueta que se le había enrollado en la cara. Lo que tenía delante de sus ojos era un cartel que ponía “Ayer”. 

- ¡Dama! ¡Estamos en el metro! ¡En el metro de Madrid!

Dama se frotó los ojos y zarandeó la cabeza muchas veces y muy rápido. Sofía volvió a mirar el cartel, luego los raíles vacíos que tenían enfrente: no era Madrid, era el metro del bosque.
Entonces Sofía se dio cuenta de que la piedra en la que estaban sentadas hace unos minutos y que se abrió de repente era una boca de metro que se llamaba “Ayer”. Los vagones eran animales de color amarillo reflectante: eran del mismo color del chaleco que su abuelo se ponía para andar en bici. La mayoría de los pasajeros que montaban en metro eran insectos que iban al trabajo porque llevaban traje y maletín. Los que esperaban en el andén leían el periódico en tabletas electrónicas y bebían de unos vasos de cartón que echaban humo. 
- Aquí abajo -pensó Sofía- aún es invierno. 
Mientras Dama ligoteaba con uno de los vigilantes de seguridad que era muy peludo como ella y le parecía muy valiente, Sofía se preguntaba qué eran aquellos vagones de peluche. Le preguntó a un conejo que escuchaba música por los auriculares y el conejo le explicó muy amable que los vagones eran topos reflectantes:
- Así, con la cantidad de bombillas que hay en las paradas –le explicó el conejo- los vagones brillan y los pasajeros saben que el topo está quieto para que puedan subir
Cuando Sofía perdió de vista la matrícula del último topo la estación se quedó sin gente. En cuestión de segundos se dio cuenta de que delante de sus narices había un mapa del metro ¡Por fin!
-        ¡El mapa! – dijo Sofía en voz alta
Era un mapa de metro con muchas paradas y entre todas ellas, pudo leer el nombre de su abuelo: Antón
- Dama: hoy volvemos a casa en metro. Nos subimos en el siguiente.
  Así que las dos aventureras se mezclaron entre la multitud de animales que utilizaban el transporte público para moverse por debajo del bosque. El maquinista las avisó de que habían llegado a su destino. Se bajaron del topo y subieron por unas escaleras mecánicas hasta una piedra que estaba debajo de la ventana de Sofía. Las escaleras estaban hechas con raíces de árbol. Tal vez, eran las raíces del olivo donde le gustaba sentarse a leer a su abuelo después de regar las plantas. El abuelo dio un salto en la silla:
-        Sofía, ¡qué susto me has dado!
-        Jajaja, ¡abuelo!
-     Y yo mirando a la puerta del jardín para ver cuándo llegabais porque ya se está haciendo de noche.
 
-        ¡Te pillé abuelo! ¡Jajajajaj!
El abuelo frotó la cabeza de Dama y le dio un abrazo a su nieta aventurera:
-        Anda anda… que vaya susto me habéis dado. Venga, vamos a hacer algo de cenar que hay que irse a la cama pronto, a dormir, para poder soñar y mañana contarles a todos las aventuras que han de pasar.

Ilustraciones: Paul Cézanne
Texto: María Peña Lombao

Si queréis leer más aventuras de Sofía y Dama aquí tenéis los enlaces de todas las publicadas.
 


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