lunes, 9 de diciembre de 2013

Riquete el del copete


 
Ilustración: Brayán López

Érase una vez una Reina que tuvo un hijo tan feo y tan deforme, que algunos dudaron mucho tiempo si realmente era humano. Un hada, que estuvo presente durante su nacimiento, aseguró a la Reina que a pesar de su fealdad lograría ser agradable y simpático gracias a la portentosa inteligencia que se le había concedido y que  además, en virtud de ese don podría otorgar la misma inteligencia a la persona a la que amara.

Eso consoló un poquito a la pobre Reina, que estaba muy afligida por haber traído al mundo a una persona tan poco agraciada. Y en efecto, el niño desde sus primeras palabras comenzó a demostrar su gracia y a conquistar a todos por las cosas que hacía y decía. El niño había nacido con un copete de cabellos en la cabeza, por lo que todos le llamaban Riquete el del copete.

Ilustración: Xoana Veiga.
 
Algunos años después, la reina del país vecino tuvo dos hijas. La que nació primero era bellísima, más hermosa que el sol y la Reina se sintió tan feliz que hasta tuvo miedo de que tanta alegría. La misma hada que había asistido al nacimiento de Copete, para moderar el orgullo de la Reina, le dijo que si bien la princesita era bellísima tendría poquitas luces, es decir que sería tan tonta como hermosa. La Reina se quedó apesadumbrada pero el disgusto fue todavía mayor cuando nació su segunda hija, quien le pareció horrible, fea como una mona

-No os aflijáis tanto- le dijo el hada a la Reina- vuestra hija será recompensada de otro modo. Será tan inteligente que sabrá disimular su fealdad y nadie la notará.

-Dios lo quiera- respondió la Reina- Pero, una pregunta, ¿No hay ninguna posibilidad de otorgar a la primogénita que es tan bella un poquito de inteligencia?

-En lo que se refiere a la inteligencia de la primera, no puedo intervenir, pero si en relación a su belleza. Y para que os quedéis contenta os voy a decir que vuestra hija tendrá el don de embellecer a la persona a la que quiera.

   Ilustración: Inés Martínez

A medida que las dos princesas iban creciendo, sus dotes se iban poco a poco desarrollando y en todo el reino sólo se hablaba de la inteligencia de la pequeña y la gran belleza de la mayor, pero también hay que decir que conforme crecían sus defectos aumentaban. La menor era cada día más fea y la mayor más tonta. Cuando a la primogénita se le preguntaba algo o no respondía o decía semejante tontería que quien la escuchaba no podía menos que reírse de ella. Además no sólo era tonta sino que también era torpe y no sabía ni beber un vaso de agua sin derramar la mitad sobre ella misma. Por más que fuera bellísima la menor, pese a su fealdad, siempre salía mejor parada.  Y lo más triste es que la mayor por estúpida que fuera se daba perfectamente cuenta y habría dado toda su belleza por tener la mitad de la inteligencia de su hermana.

Un día, retirada en un bosque para poder llorar en soledad su desgracia, vio acercarse a un hombrecillo feísimo pero muy ricamente vestido. El joven no era otro que Riquete el del copete quien, enamorado como estaba de ella -pues la veía a diario en los muchos retratos que adornaban los salones de la nobleza-, había abandonado el reino de su padre con el único propósito de conocerla. Feliz y sorprendido de encontrarla allí a solas, se le presentó con todo el respeto y cortesía. Pero como notó que estaba muy triste, le dijo:

-No comprendo alteza como una persona tan bella como vos puede estar triste. Yo, que he visto una infinidad de mujeres bellas, jamás he visto una belleza comparable la vuestra.
La belleza es un privilegio tan grande- continuó Copete- que cuando alguien lo posee, no creo que exista nada por lo que pueda afligirse.

-Yo preferiría ser fea como vos y tener algo de inteligencia a poseer mi belleza y ser tan necia como soy –respondió la princesa.

 -Alteza,  permitidme deciros que nada demuestra mejor que sois inteligente que el hecho de no creer serlo.
           
-No se si es eso cierto, pero estoy convencida de ser necia y por eso sufro todos los días.

-Si eso es lo que os entristece yo puedo poner fin a vuestro dolor.

-Y ¿cómo? –preguntó la princesa.

-Porque cuando nací se me concedió un don. Puedo ofrecer la misma inteligencia que yo poseo a la persona que más ame y esa persona sois vos, Alteza mía. Así que de vos depende dejar de ser necia y disfrutar de todo este ingenio. Para conseguirlo únicamente debéis casaros conmigo.

Ilustración: Fátima Pacheco

Ante semejante proposición la princesa se quedó de piedra y no supo que responder.

-Veo que mi oferta os dejó sin habla, lo cual comprendo y por ello os voy a conceder todo un año para que os hagáis a la idea.

La princesa tenía tan poca inteligencia y, a la vez tantas ganas de conseguirla, que pensó que no llegaría nunca el final de aquel año y, sin pensarlo mucho más, aceptó la propuesta. Desde el mismo momento en que acepto la proposición de matrimonio de Riquete el del copete la princesa comenzó a tener  una facilidad increíble para decir todo lo que quería expresándose con gran desenvoltura y de manera brillante. Fue tal el cambio que copete tuvo la impresión que le había concedido incluso más inteligencia de la que él mismo poseía.

Cuando la Princesa volvió a Palacio nadie entendía nada y no sabían a que atribuir semejante cambio. Pero toda la corte se alegró muchísimo. Toda la corte excepto su hermana menor que ya no le aventajaba en inteligencia y  ahora a su lado quedaba como una mona fea.

La noticia corrió como la pólvora a lo largo y ancho del reino y todos los jóvenes de los países vecinos trataron de ganarse el amor de la princesa. Todos  pidieron su mano, hasta el punto que el rey tuvo que celebrar consejo. Pero ella no encontraba a nadie lo suficientemente inteligente y a todos escuchaba sin comprometerse con ninguno. Hasta que se presentó uno inmensamente rico, francamente bello y poseedor de inteligencia y nuestra princesa no pudo dejar de sentir cierta inclinación hacia él. Su padre, que se percató de sus sentimientos, le dijo que tenía  total  libertad para escoger el marido que le pareciera: lo único que debía hacer era comunicarle  su voluntad. Y la princesa tras darle las gracias  le pidió  un poquito más  de tiempo para pesarlo. 

Para reflexionar con más tranquilidad, fue a pasear por le mismo bosque en el que se había encontrado con Copete y mientras paseaba, algo sorprendente llamó su atención.  Bajo sus pies comenzó a escuchar  un ruido sordo como el de ir y venir muchas personas. Agudizando  el oído oyó a uno que le decía: “dame ese puchero” y a otro: “pásame aquella olla” y un tercero: “el fuego que se apaga, ¡cuidado!, ¡cuidado...! echar la leña”. Y de repente la  tierra se abrió y a sus pies vio una gran cocina llena camareros, cocineros y todo tipo de pinches dedicados en cuerpo y alma a preparar un gran banquete. Serían  unos cuarenta provistos con todo tipo de utensilios de cocina que trabajaban sin descanso al ritmo de una bella canción. La Princesa, asombrada con el espectáculo, les preguntó para quien trabajaban y ellos le contestaron:

-Para la boda del gran príncipe Riquete el del copete que se celebrará mañana

Al oír estas palabras  la princesa recordó que tal día como hoy hacía un año había prometido al príncipe Riquete el del Copete que se casaría con él. Por poco se desmaya. Lo había olvidado completamente, como también había olvidado que hace un año era boba de remate y que por su boca no salían más que necedades y es que con el ingenio que el príncipe le había concedido se habían  borrado de su cabeza  todas sus tonterías pasadas.

Ilustración: Tania Varela

No había dado treinta pasos cuando se encontró de morros con  Riquete el del copete que se había engalanado como un príncipe en el día de su boda.

-Aquí estoy, mi princesa puntual y fiel a mi palabra. Lo único que espero es que vos hayáis venido a confirmar la vuestra y hacerme el hombre más feliz del mundo casándoos  conmigo.

-Os confesaré con franqueza que sigo sin decidirme y creo que no podré satisfacer lo que vos esperáis- respondió la princesa

-Me dejáis asombrado- exclamó.

-Lo creo -respondió la Princesa- y yo me sentiría muy triste si vos me dijerais que una princesa tiene una única palabra y que yo os prometí que me casaría con vos.

Pero sé -continuó la princesa- que vos no sois un hombre malvado y ruin sino todo lo contrario. Vos sois el hombre más comprensivo del mundo y estoy segura de que admitiréis mis razones. Vos sabéis que ni siquiera cuando era tonta de remate conseguí decidirme por el matrimonio; ¿cómo podéis pensar que ahora, con la inteligencia que me habéis otorgado pueda tomar una decisión que entonces no fui capaz de tomar?

Pero tal y como decís, vos me distéis vuestra palabra- replicó Riquete- entonces, ¿por qué debo consentir que no la cumpláis si en ello va mi felicidad? No es justo que las personas inteligentes y buenas se encuentren en desventaja respecto a las que no lo son. ¡Cómo podéis pretenderlo vos, que tanto habéis deseado serlo!...Pero pensemos un poco. A parte de mi fealdad, ¿Hay otra cosa de mi que no os guste? No lo se, ¿tal vez mi linaje, mi carácter o mis maneras os desagradan?

-No, por Dios en absoluto. Me encantan todas esas razones.

-Si es así- continuó Riquete el del copete- creo que no tenemos problema y podré ser feliz pues vos me podéis convertir en el hombre más atractivo del mundo.
¿Y cómo?- preguntó intrigada la princesa.

Lo podéis lograr únicamente si vos me amáis lo suficiente para desear que suceda.
Debéis saber que la misma hada que el día de mi nacimiento me concedió el don de volver inteligente a la persona que yo quisiera, a vos  os concedió el don de poder hacer hermoso a quien amarais y a quien quisieras fervientemente.

Si es así, sabed que  yo deseo que seáis el príncipe más guapo y atractivo del mundo.

Apenas hubo la princesa  pronunciado estas palabras Riquete el del copete se convirtió en  el más bello y fascinante  príncipe de cuantos  se hayan en el mundo.

La princesa le prometió al instante que se casaría con él siempre que obtuviera el consentimiento de su padre quien sabiendo, cuán grande era la estima de su hija hacia Riquete, por otra parte bien conocido suyo como el Príncipe de la mente clara y eminente sabiduría, lo acepto encantado como yerno.

Ilustración: Icía Domínguez

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